1. DeBÍ TiRAR MáS FOTos
2025. ENERO.
Enero fue tan malo que incluso escuché DeBÍ TiRAR MáS FOTos, de BAD BUNNY, pensando que, a lo mejor, quizá, me estaba perdiendo algo. Reconozco que estaba perdido y que ese 10 sobre 10 que le había otorgado LA BIBLIA se aprovechó de mi adormecimiento, de mi conmoción. Es más, a lo largo de la segunda o tercera escucha llegué a pensar que me gustaba. Que era bueno era algo que estaba claro. Pero, que fuese bueno no es, en pleno 2025, señal de que sea importante, interesante, necesario, trascendente, trágico…
Creo que, a partir de de ahora, cuando escriba sobre ese meta oxígeno que es la música, al menos lo es para mí, voy a dejar de lado ese perfil profesional y crítico que me ha acompañado a lo largo de los últimos treinta años. Será inevitable que reaparezca puntualmente y sin previo aviso. Y también será obligatorio empujar ese espontáneo perdido en el tiempo para que quede fuera de la escena. Del escenario. De la foto. De este o de cualquier texto.
Una vez fuera ese inevitable apéndice en forma de octavo, u oscuro, pasajero, pasaré a confesar mi nuevo propósito de final de este invierno: voy a escribir sobre lo que me gusta, sobre lo que me remueve las entrañas. Puesto que ese ha sido mi único carburante, el único oxígeno que bailase con mi fuego, me parece justo que, por fin, así sea de una forma permanente.
Es necesario aclarar esto antes de hablar, poco y seguramente mal, de DeBÍ TiRAR MáS FOTos y de ese tacaño enero y casi febrero que me hizo perderle la fe en este 2025. Hubo un tiempo posterior al aprendizaje más temprano y lejano en el que ya siendo profesional, era capaz de seguir siéndolo todo el rato. Fue un fenómeno que jamás estuvo revestido de ese envase romántico y épico que es una llama. Fue un fenómeno alimentado por la energía que surgía de dos cuestiones: el proceso de aprendizaje continuo y la necesidad de que el fin de mes fuese más amable tras el ingreso de la correspondiente contrapartida económica en forma de sueldo o nómina.
Fue probablemente cuando me percaté de que no iba a haber espacio suficiente para El mejor de todos los tiempos y para mí, cuando el interés pasó a volcarse más en la pura transacción. Hasta el punto de emprender la huida, primero, y de consumirla, después. Acabarla, creo que la estoy acabando aquí y ahora.
Cuando la nómina regular mutó a una especia de honorario, a veces por espacio, otras veces por menos espacio siempre rellenado, mi organismo, ese que mueve las yemas de los dedos o la muñeca para escribir, comenzó un viaje a ninguna parte. Escribir siempre que me lo pedían, intentar que lo escrito cumpliese con un mínimo de calidad auto impuesto. Disfrutar de lo escrito siempre que la emoción no auto impuesta se apoderase de mí.
Ese momento, uff ese momento. Ese momento en el que un disco, una canción, se apoderan de mí, ese momento que te empuja a sentarte y a escribir sin que nadie, ni tú mismo, te lo pida. Ese ha sido, y podría seguir siendo, el mejor momento de mi existencia. Cada vez que se da. Siempre.
Hace no demasiado me sorprendí leyendo algo que había escrito yo mismo en un ejercicio de auto compasión de una bajeza y una tristeza gigantesca. Algo sin atisbo alguno de genialidad. De hecho, era tan poco genial como poco original. Pero, a su vez, al menos, era terriblemente certero: la fuente se secó. Aun esperando que no sea verdad, algo se secó, se apagó o desapareció. A lo largo de ese proceso, el drama estuvo indudablemente más presente durante su descomposición que en su final.
Ese drama que me empujó a preguntarme si había dejado de ser Izkander Fernández, aquel tipo que en plena universidad programaba sus jornadas de estudio guardando un tajante e innecesario equilibrio entre las horas de estudio reales, los discos que había que escuchar para soportar el embuchamiento de información obligatoria y los textos que, sí o sí, iba a leer por placer. Levantarse al alba para estar en la puerta de la biblioteca para asegurar pasos en firme hacia una nota notable, llegar a casa para comer, tarde, y darse a eso del rock n’ roll escuchado en calzoncillos mientras devoraba, quien sabe, PEDRO PÁRAMO, un número completo de MONDO BIZARRO o el NEW MUSICAL EXPRESS de ese mes. Nada parecía tener nexo concreto, pero todo formaba parte de un todo.

Creo que sí, creo que dejé de serlo. La vida, al final, no va de mucho más que de ir dejando de ser aquel que eras para convertirte en el que eres ahora. Mejor, peor, ante la inevitabilidad del hecho, no cabe mirarlo así. ¿Camuflado con el entorno? ¿Encajando los golpes del paso del tiempo? ¿Acostumbrándote al ahora para que se vaya y tener que empezar de nuevo? Creo que algo de eso, más bien.
Como ya he dicho, no fue un final. Fue un proceso. Una especie de heroinómano viaje hacia el encefalograma plano. Pero sin heroína. Solo con emociones y mejores y peores discos. Y encargos, también, mejores y peores. En ocasiones me vi como ese indio imaginario que vocifera y gesticula en círculos frente a una hoguera esperando a que llueva. Prefiero, prefería, supongo, esa sensación a la de las religiones organizadas o peor organizadas o a la del jugador empedernido… lotería… tragaperras con caña tostada a las 9 de la mañana de un domingo en un pueblo lo suficientemente lejano para ser un desconocido y cercano para seguir siendo conocido… pornografía….
Puedes llamar a la emoción las veces que quieras que ella vendrá cuando lo crea oportuno. Cuanto más bailes, menos lloverá. Cuando más te pinches, más te alejarás del primer pico. Cuanto más te obligues a hacer algo…. En fin, la llamé demasiadas veces. Por diferentes motivos. En ocasiones mi huida hacia delante, la que irremediablemente me ha comprado los discos y me ha aportado el oxígeno, el meta oxígeno, necesario para seguir vivo, me apretó tanto que pensé que llamando a la emoción podría desandar lo andado. Volver a la casilla de salida o, al menos, a aquella en la que alguien consideraba que tus textos eran lo suficientemente buenos como para pagarte un mes más por escribir patrocinado, acogido, financiado, bajo un techo, seco, caliente, sentado, alimentado y escuchado. Escribiendo.
Eso no funciona. Menuda chorrada. Claro que no funciona. Pero lo hizo. Funcionó. Y cuanto más lo seguía haciendo, peor iba todo. Más apática era la emoción que aparecía insondable en momentos insospechados e insospechadamente escasos. Y la espiral y el cansancio y el hartazgo y el cargo de conciencia y las dudas de si ya no existía y ese sentimiento de impostor y ese sueño que te devuelve al instituto aparentemente de una forma placentera para pasar a ser una emboscada pesadillesca y cruel ya que, no has estudiado, no sabes qué se ha impartido, no vas a aprobar algo que ya no cursas. Despertar empapado, gimiendo para ser despertado, sentarte en la taza del baño para orinar, o mear, y seguir preocupado preguntándote cómo vas a aprobar ese puto curso que ya aprobaste exitosamente hace décadas. Volver a la cama y despertarte igual de temeroso hasta que el contacto con el agua de la ducha enciende, por fin, la luz anti-estupidez producida por el adormecimiento nocturno y fisiológico. Temer a lo que hiciste porque, pese a que aparentemente lo haces bien, ya no quieres hacerlo.
No fue un proceso fácil. Existe un punto, bastante estúpido, quede escrito, en el que tratas de aferrarte a no sabes bien qué. ¿A un estatus? ¿A una cuota de importancia? ¿A pretender ser una especie de oráculo legendario al que todo el mundo, ja todo el mundo, quiere escuchar, leer y, en definitiva, conocer su opinión? Tratando de afinar ahora que soy capaz de percibir esta película como espectador y no como protagonista, diré que no quería dejar de perseguir la idea de ser un referente sabiendo que aquella idea acumulaba dos errores capitales: uno, carecía de refrendo realista que corroborase la simple posibilidad de que eso de ser un referente pudiese ocurrir en algún lugar el espacio-tiempo; dos, ser referente de cualquier cosa no vale gran cosa cuando se es referente de algo que ya no está.
Lo curioso de todo esto fueron las actitudes que dolorosamente me forzaron a dar pasos en la que ahora considero la dirección correcta: condiciones para escribir casi inexistentes. Encargos que concluían sin facilidades. Encargadores finales que parecían creer en las relaciones piramidales o, directamente, faraónicas. Horas intempestivas al servicio del click…
Poco a poco fui llegando a conclusiones. No me parecía bien ponerlo todo de mi parte y que algunos de los interesados, en ocasiones, ni siquiera me cediesen una silla, una mesa o ambas a la vez para realizar mi trabajo. Pronto dejó de parecerme razonable asistir a una maratoniana jornada de un festival de verano, previo paso por mi propia jornada laboral de ocho horas, y tener que escribir la crónica antes de acostarme.
Contexto. Ola de calor. Rozando los cuarenta. De ocho a diez bandas. Llegar al hotel. Más calor. Escribir en calzoncillos. Ventana abierta. Cabezadas sobre el ordenador. Faltó que, como en BARTON FINK, el papel pintado se descolgase de la pared. Aquello se acabó aquel día aunque escribí otros dos más.
Pasé a pedir pensando que pidiendo lo que me interesaba no se me ofrecerían cosas que no me interesaban. Digamos que tampoco fue una buena estrategia. Aunque, también es cierto que nunca hubo una buena estrategia posible. Para ese momento yo ya era el paranoico protagonista de una película de cine negro en la que no paraba de mirar hacia atrás en cada esquina de cada calle. Creo que consideraba que todo estaba en mi contra. Solo así puedo explicar que no fuera capaz de darme cuenta de que el que ya no estaba allí, era yo.
El río ARRATIA seguía allí abajo, con un calor y un olor parecidos a los de siempre solo que era yo el que no me acercaba a sus aguas. Pretendía creer que seguía allí, pescando, tirando piedras o construyendo balsas con barriles de plástico y palets de madera. Pero no, aunque podía disfrutar del elemento central de la estampa, del meta oxigeno que es la música, no estaba allí para el resto de las cosas. Ya no estás aquí. No son los demás, eres tú.
Y el drama, ese oscuro y aparentemente dramático lugar al que no quieres llegar jamás parece convertirse en tu salvación. Porque no ocurre absolutamente nada porque tú ya no seas el que eras. Como he dicho anteriormente, tendré que ser lo que el presente me exija. Pudiendo ser el presente, yo mismo. Un yo mismo alejado de lo que fue. O, al menos, de una parte, de lo que fue y ya, parece que no es. Desconozco si volveré a serlo pero calculo, evalúo, que no bajo los mismos términos. No hablo aquí, de términos contractuales, de acuerdos, acordes, desacuerdos y desamparos. Hablo de no explotar ni alienar mi ilusión por escaso interés y la estúpida auto promesa de que todavía no es tarde para ser un referente.
Tocará a partir de ahora, así lo espero y así lo siento/creo, vivir la ilusión en otro plano más silencioso. Más íntimo. Nada impostado. Sin contrapartida alguna más allá de ese enigmático placer de ver cómo el hipnotizante vaivén del PILOT va dejando rastro en decenas de folios supuestamente reciclados desde su paquete que realmente acaban reciclados ahora, cuando escribo por su lado no utilizado dejando, al otro lado, la errática actividad de mi jornada laboral de ocho horas y, pronto, ocho años.
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